jueves, 8 de enero de 2009

Día de Reyes

Desde Baio, rincón del mundo aún a salvo de Internet, va el relato del día 6 de enero, que postearemos en cuanto "pillemos un güifi". (*)

***

Pero antes hay que mencionar la reparadora cena de cocina asturiana en "El Raitan" con Ángeles y familia. Algunos platos que recuerdo: chorizos a la sidra, fabes con almejas, sopa de pescado, rape con salsa de nécoras, rape a la marinera... todo regado con buena sidra asturiana primero, y vino rosado después. ¡Ah! Y una degustación de postres interminable, de cuyos nombres sólo recuerdo los freixelos (léase panqueques). Como si la comida no hubiese sido suficiente, la camarera que nos tocó resultó una muchacha super simpática y divertida que nos tuvo una paciencia infinita, y hasta nos escanció la sidra a la manera asturiana (bah... a la manera de los que toman sidra).

Por la mañana, desayuno en un café que parecía ser el único abierto en un Oviedo absolutamente silencioso y desierto, como corresponde aquí al Día de Reyes, festivo en serio. Oviedo nos pareció una ciudad muy limpia y ordenada. Recorrimos el casco histórico rapidito, bajo una llovizna helada de verdad (por momentos parecía aguanieve), y que leímos como un adelanto de lo que puede ser el verdadero invierno europeo. Así que, antes de que el clima se pusiera más difícil, arrancamos nuestro camino hacia Baio.


Enseguida se puso mejor, y disfrutamos de lindos paisajes por la costa del Cantábrico, desde la Autopista del mismo nombre. En A Coruña paramos a sacarnos un par de fotos frente al mar, y luego de buscar un parking primero, y caminar un rato largo después, pudimos encontrar una cafetería abierta (A Coruña también parecía una ciudad fantasma). Allí "repostamos" con suculentos bocadillos, viendo trabajar a la moza de barra que era un libro abierto de "gastronomía a la galega"... ¡qué manera de laburar! No era un dechado de simpatía (excepto cuando hablaba con un cliente, siempre sonriendo), pero seria y todo parecía decirle a uno cuánto disfrutaba de hacer bien su trabajo. Si hasta le decía "¡Graciñas!" a los clientes al despedirlos. Lola casi le pide un CV para llevarla a JMM.


Ahora sí, encaramos la AC-552 que finalmente nos traería a Baio, previa parada en Coristanco, en la panadería en la que paramos en el 2001 con Gerardo y Carlitos, a comprar un roscón de reyes y una tarta de Santiago para por lo menos caer con algo en Casa Cruz.
Allí llegamos a eso de las cinco de la tarde. Encontramos a Mari Deli, Matilde, Lucía, Martina y por supuesto a Teresa, terminando de limpiar luego del servicio del "mediodía". Como la otra vez que estuve, y como sé que es siempre con cualquiera de nosotros, esta vez también me sentí llegar a mi propia casa (o a la de mi abuela Dolores, que es lo mismo).
Al rato, cayeron la tía Elvira y Pepe Lavandeira, con su amiga Marta, y José Luis (el dr. López González), así que foto va, risas vienen, nos quedamos un buen rato más, antes de llegar a As Canceliñas, la casa en la que nos alojaremos.
Luego de reparadora ducha, vuelta a Casa Cruz para una cena liviana: caldo galego, "chuletas para los niños", abadejos y fanecas (un pescado chatito y ancho) fritos con ensalada para los grandes.



Resulta reconfortante para mí estar en este lugar. Es extraño si se piensa que, aparte del día de hoy, apenas estuve un par de días hace casi ocho años. Mi conclusión es que esta "comodidad" puede deberse a dos cosas. Por un lado, sentir cómo los reciben a los que sí tienen una historia en común con este pueblo (Gerardo y Carlitos aquella vez, Lola, Elvira y Pepe hoy). Les viene un brillo a los ojos... Y por otro lado, darme cuenta una vez más de cuántas de las costumbres y formas de esta gente yo ya las vengo viendo en mi familia desde que nací, pero claro, siempre pensando que eran el "Bermúdez way" y no tanto (como ahora sé) el "Baio way". La forma en que a uno lo saludan, lo reciben y lo tratan (Teresa podría pasar por una tía más), los chistes que se hacen, las risas refrescantes (eternas en la tía Elvira), la manera de servir y disfrutar una mesa compartida... ¡todo ya lo vi antes en Vedia!


(*): desde la Rue Lamarck, en Montmartre, París.

2 comentarios:

Andrea Albertano dijo...

Además de los relatos sobre comida, que sabés que ¡¡la comida española me puede mal!!, me gustó leerte describiendo la familia y las raíces... ¡¡Si hasta se me piantó un lagrimón!!! Si serás, gordo!
Te quiero
andy

Gaby dijo...

Claro que todo eso lo vimos millones de veces en el rinconcito más galego de Saavedra!
Pero respirarlo allá, EPA!
Muy hermoso relato,y la sensación de siempre: qué raro y feliz es ver a los pendex por esos lares...!!! já!
Besos y abrazos!
Gaby