lunes, 26 de enero de 2009

"Un día es mejor que nada"

Fieles a nuestro segundo lema, dispuestos a aprovechar este “día mejor que nada”, hemos batido el récord de salida mañanera para el EDNCT: antes de las 9 estábamos caminando otra vez por Venecia. Día hermoso, ya se nota que amanece más temprano. Es que enero avanza y nosotros nos movemos cada vez más hacia el sur.

Otra vez la fascinación por todo lo de ayer, con agregados: sorprende ver a la gente dirigirse a trabajar en un lugar como este, que pareciera hecho sólo para el disfrute visual.
Caminando hacia la Piazza (la única con ese nombre en Venecia es la de San Marcos. Las otras son campi, piazzale, etc., pero no piazza) volvimos a perdernos en las calles. Los negocios ahora estaban abiertos, así que pudimos ver mejor que anoche los asombrosos cristales de Murano, muchísimas máscaras de papel maché, otra de las artesanías típicas de esta ciudad, que es a su vez famosa por el Carnaval.
En la Piazza con muchísimos turistas (teniendo en cuenta que es un lunes de invierno, nos damos una idea de lo que debe ser Venecia en verano…¡madonna!), nos sorprendió ver unas pasarelas elevadas. ¿El motivo? El agua había llegado a la piazza, y la cubría parcialmente, justo en el frente de la Basílica. Parece que son normales estos vaivenes marítimos, ya que nadie parecía darles importancia.



Adentro la Basílica de San Marcos impone respeto. ¡Esto sí que es una iglesia! La comenzaron a contruir en el siglos IX, por la llegada de los restos de San Marcos a la ciudad. Dichas reliquias fueron robadas de Alejandría, donde la tenían los musulmanes. Se dice que para poder sacarlas de allí, engañanado a los guardias, los que las trajeron (¿cruzados?) las ocultaron en un cajón debajo de una montaña de carne de cerdo. Al ser el cerdo un animal prohibido para los musulmanes, estos ni se acercaron a revisar (también se dice que este episodio, incluyendo un moro con cara de asco, está plasmado en uno de los ¿frescos? ¿mosaicos? de la Basílica, pero no lo pudimos encontrar).
La Basílica es imponente, decíamos, como muestra de arte y arquitectura bizantinos. Y es doble la admiración que despierta cuando uno piensa encima de qué está levantada: ¡una laguna pantanosa! Si se mira con atención se perciben ondulaciones en el piso y, en las columnas, leves desvíos de la vertical. ¡Increíble!
El día nos invitó a seguir recorriendo y maravillándonos. Si Adriano dijo de Amsterdam que era una foto en cada esquina, Venecia es una foto cada cinco metros. Tenemos más de 500 en este rato que estuvimos. Tal vez nos zarpamos un poco, pero es realmente hermosa por donde se la mire.
Al mediodía volvimos al hotel a por el equipaje. Fue algo dificultoso llegar a la estación de tren, distante apenas unos 300 m. Es que Venecia no es una ciudad pensada para trasladarse con equipajes por los puentes y escaleras. Claro que, por su belleza, uno le perdona hasta eso.
El problema es que hay “unpuente polémico en Venecia, y es el que se construyó hace poco, obra del celebérrimo arquitecto Calatrava (sí, el mismo del puente colgante de Puerto Madero). Desde luego, Calatrava, apañado por vaya a saber qué funcionario público, construyó un puente con su impronta, bastante diferente al estilo Veneciano. Eso no sería el problema, pero cuando uno llega se encuentra con un cartel que dice que “mientras no esté funcionando el elevador, las personas con movilidad reducida deberán cruzar a la estación por el trasnporte público gratuito”. Es decir: el puente, bien nuevo, no es apto para discapacitados. Y, por supuesto, tampoco lo es para sujetos como nosotros, que tuvimos que subir las cuatro maletas de 23 kg cada una a puuuuulso… ¡Calatrava, la c… de tu hermana!
Finalmente llegamos a la estación, a tomar el tren que nos llevará a Florencia, nuestra próxima escala. En el vagón 8, asiento 96, estuve escribiendo todo esto. Ahora, miraré un poco el paisaje o dormiré un rato. Próxima entrega: Florencia.

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