Ayer fue una de las jornadas más intensas que recuerde. Ya, esto no tuvo ni comparación al día que nació Dante, pero la verdad es que, salvo el día de este acontecimiento en el que tu existir habita por unas cuaaantas horas un lugar mágico e indescriptible, ayer fue también, a su manera un día mágico, celebre e irrepetible. Desde hacer más de 17 años, sueño con conocer Mazzeo (el pueblo italiano que nos da nombre) y Zaccanopoli (el pueblo italiano donde vivió la increíble abuela María). La fecha de inauguración de este sueño fue sellada por aquella mítica foto que el Negro se sacó con un cartel-señal de transito que anunciaba nuestro apellido.
Pues, en el marco de este apasionante EDNCT, nos largamos a la aventura de recorrer el sur italiano y finalmente dar con estos sencillos lugares pero que llenan el corazón más que cualquier Torre Eiffel, de Alexanderplatz o Big Ben.
La giornata comenzó bien tempranito: 5am arriba en Firenze a tomar el vuelo que, previa escala en Roma, nos llevaría a Catania (Sicilia).
Arrivato al aeroporto, fuimos en búsqueda de nuestro vehículo. Todo ok, un bonito Chrysler Voyager azul que en segundos llenamos de
bagagli de todo tipo y color.
Minutos más tarde ya estábamos en plena búsqueda de ese lugar llamado Mazzeo. Deambulando por la muy bonita localidad playera de Taormina (importante spot turístico, joya local) comenzamos nuestra encuesta a los apacibles vecinos con la pregunta
“¿Scusi, dove e Mazzeo?” como estrella. Maniobrando finamente en las estrechas calles comenzaríamos la andadura de “situaciones extrañas” que caracterizará a este día por los siglos de los siglos: le dimos con la rueda delantera derecha a un cordón; el “bife” no fue brusco pero la rueda de la chata (cargadísima) acusó recibo. Pinchazo en Letojanni, justo al lado de Mazzeo. En un momento pensé “mirá que pintoresco… que simbólico, como si este inconveniente menor que sufrimos acá se reflejara en el inmenso esfuerzo de nuestra familia al cruzar el océano y terminar en Bs As”. Qué romántico fui. Lo del pinchazo fue un auténtico penal. La cultura low cost llegó a los vehículos de gama media-alta ya que la rueda de auxilio del Chrysler era de estas chiquitas de llanta negra con las que solo se puede ir a 80km/h. Cuestión que, mientras cambiábamos la rueda en una estación de servicio chiusa, se realizó aquella escena de la peli El joven Frankenstein donde mientras desentierran el cuerpo del futuro “mostro” el profesor le dice a Igor, su ayudante: “¡Qué trabajo tan sucio!” a lo que deforme responde “Podría ser peor… ¿qué tal si lloviera?” e inmediatamente se larga un diluvio de dimensiones importantes. Pues eso lo mismo nos pasó en este desolado lugar; lluvia a full.
Rueda cambiada y nueva inquietud: arreglar la rueda original para poder seguir viaje en las mejores condiciones. Pero antes, y luego de insistir con nuestra encuesta, llegará uno de los dos momentos enormes del día.
Letojanni como todo en esta vida, termina en algún lugar, ¡el lugar donde empieza Mazzeo!

Luego de años y años de ver con gran admiración la más que feliz cara de mi viejo en aquella foto del 91 con el cartel que reza nuestro apellido a su lado, finalmente llegaba hasta ahí y encima, de impagable yapa, acompañado de el Goldo, mami, Agos y Juli. Lisa y llanamente ¡no lo podía creer! ¡Qué emoción estar en la cumbre antropológica de la propia familia! Llamando la atención de un solitario vecino gracias a nuestros festejos barrabravescos (imaginarse un quinteto de limados festejando ante un cartel estatal en un pueblo mínimo del más
italian deep south) hicimos las obligatorias fotos y, eufóricos y al grito de “Soy Mazzeooooo, soy Mazzeo, soy Mazzeooo, yo soyyyyy” nos dirigimos a emprender viaje hasta nuestra propia meca: Zaccanopoli, donde nacieron mis bisabuelos y donde vivió entre los 2 y los 17 años mi
nonna Maria, localmente conocida como “Marietta la diavola”, debido a su carácter travieso. A quienes la hayan conocido, los invito a que la recuerden con su expresión pacífica, su gracioso acento, esa mirada de mejor-persona-no-puedo-ser y su interminable cariño y sensibilidad de abuela. Y encima cocinaba como los dioses. Que maestra, por favor. Bueno, cuestión que para llegar hasta Zaccanopoli, en la provincia de Calabria, hay que cruzar el estrecho mediterráneo que divide Messina (del lado siciliano) y Vila San Giovanni (en el continente, en la puntita de la bota). Pero claro, antes, y para asegurar un mejor desempeño en la strada, necesitábamos cambiar la bendita rueda. Esto fue mucho más difícil de lo que imaginábamos. Buscar un gomista en esta zona es un parto. Luego de tres fallidos intentos lo conseguimos y de paso compramos dos panini y dos pizzetas para el viaje. Rato más tarde, ya anocheciendo, llegábamos a Messina. Entrar en esta ciudad y encontrar en lugar exacto donde embarcar el coche no es tan fácil como se supone. Es un hecho más que reconocido que en Italia hay un contraste tremendo entre norte y sur. Mientras en Firenze hay glamour y arte por los cuatro costados, en Sicilia la cosa se parece más al norte de África o a Latinoamérica. Finalmente y bajo una incesante lluvia llegamos al embarcadero del porto. Un lugar retro-futurista, casi un escenario de Mad Max, feo y muy raro. Las instrucciones de los veteranos operarios eran imposibles de entender, el acento sureño hacía que sus palabras llegaran irreconocibles a nuestros oídos, máxime distorsionadas por los ruidos clásicos de estos lugares industriales. Finalmente los gestos fueron más fuertes (los subtítulos porteños de este monólogo serían “¡Daaaaale, subí tomuer!“) y entendimos que el coche subía por una vía súper estrecha por la misma que subían cristianos a pie, motos, perros, gatos y todo lo que pueda subir a un barco. El paso por el estrecho nos dio 15 minutitos de relax.
Ahí nomás a obedecerle a nuestro eficaz equipo GPS que, sin embargo, esta vez no tuvo la mejor idea sobre como llegar del puerto a Zaccanopoli. Más de dos horas para hacer 80km. Cortes por obras, tráfico intenso, camiones, rutas deterioradas y una lluvia ya insoportable no pudieron con nuestro entusiasmo por conocer il popolo de la nonna, aunque debemos reconocer que en algún momento hubiésemos vuelto atrás en caso de encontrar alguna rotonda debido a que, de veras, de a ratos la cosa se ponía fea.
El destino nos dio coraje y ahí seguimos, zigzagueando las colinas que de momento se convertían en montañas a respetar. Un poco más de dos horas más tarde de haber salido del ferry, estábamos ahí.

Zaccanopoli se anunciaba con un cartel normalito, fondo blanco y letras oscuras, acompañado de dos menores: uno de velocidad máxima 30 y otro de prohibido tocar bocina, detalles que dan una idea más firme del tamaño de este pueblito. Nos conmovimos mucho. Pasamos el cartel y nos encontramos paseando por el pueblo, la lluvia no paraba, es más, era bestial a ese momento, pero no importó. Bajamos a hacernos fotos en una placita y a hablar con un almacenero que, si adivinaron, también se llama Mazzeo. Luego de gentilmente indicarme como volver hacia Reggio di Calabria (donde devolveríamos el coche y haríamos noche luego de varios inconvenientes para encontrar hospedaje), le conté por que estaba ahí y automáticamente me preguntó mi apellido, su comentario a mi respuesta fue
“¡Ja! Anche io sono Mazzeo. Mazzeo siamo il 90% di questo popolo. Mazzitelli un po meno” Para el hombre quizás fuese una situación particular, curiosa, pero a mi esta conversación de solo dos minutos me llegó muy dentro. No se por que, quizá por mi experiencia como inmigrante en Madrid, pero este tipo de situaciones me movilizan muchísimo. Acercarse aunque sea por unos instantes a un lugar donde comenzó tu propia historia me hace sentir agraciado, lleno de una felicidad y un orgullo muy difícil de explicar. A veces pienso que si Dante decide armar su vida en Argentina, quizá le pase algo parecido cuando vuelva a Madrid. Sin saber como, cuando tocás una página de tu historia (o de tu prehistoria) como ayer lo pude hacer el corazón se te agranda, llegando a sentir la emoción de estar conectados con los que te rodean, los que reciben tus llamadas al momento desde Argentina, los que saben que estás siendo muy feliz por estar ahí y los que al mismo tiempo que vos se alegran y enorgullecen estando mucho más allá y al mismo tiempo bien dentro tuyo.
Con mucho cariño, a todos los Mazzeo-Mazzitelli, a Lola y en especial al Negro y a Marietta.
Adriano Stefano Mazzeo Bermúdez Mazzitelli Ferreira.
Roma, 29 de enero de 2009.