Munidos ya de nuestro domesticado GPS, que nos costó hacer funcionar como es debido, esta vez fue el turno de Toledo, la visita principal del día, previo paso por El Escorial.

Con respecto al edificio del Monasterio, al que no entramos, sólo tengo para decir que su presencia es imponente. Enorme y señorial, transmite toda la potencia de lo era la corona española en algún momento, hace unos siglos.
Igual, por más pompa real y nobles e historia, Dimitri, con cierta sana irreverencia, no ocultó su alegría y entusiasmo.
Desde allí, arrancamos hacia Toledo.
Pisar las calles de esta ciudad de Castilla-La Mancha es internarse en una geografía medieval que atrapa los sentidos. Ok, hay comercios (muchos) y hay siglo XXI, pero la imaginación se dispara igualmente.

La ciudad está plagada de locales que venden "artesanía toledana", que básicamente consiste en inconografía medieval y cuchillería y espadas. Se ve que con todo este despliegue metalero Agos no se sentía muy cómoda...

Sin duda, la más importante obra de arte que tiene esta ciudad es el famoso y emocionante Entierro del Conde de Orgaz, cuadro cumbre de El Greco, artista que vivió en esta ciudad allá por el siglo XVI. El cuadro es estremecedor y provoca que uno, al tiempo que se siente pequeño ante la enorme belleza plasmada por el artista, toma real conciencia del tamaño de su ignorancia...
La Catedral también es imponente, y, aunque no pudimos entrar, sacamos esta linda foto grupal, en puntas de pies, vaya a saber uno porqué.

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